Capítulo 3 : Ya nos amamos, pero no siempre de la manera adecuada | Save Mon Couple
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Ya nos amamos, pero no siempre de la manera adecuada

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Índice
1IntrospecciónCuestionarnos sirve para revisar nuestras decisiones, no para poner en duda nuestro valor2IntrospecciónEl peso de algo también depende de cuánto tiempo lo sostenemos3IntrospecciónYa nos amamos, pero no siempre de la manera adecuada4IntrospecciónLos tres filtros de nuestras decisiones5IntrospecciónEl valor en la relación se da, se recibe y se sostiene6ResponsabilidadLo que nos hacen y lo que hacemos después7ResponsabilidadEl problema comienza allí donde nos abandonamos8ResponsabilidadNo sumemos nuestra propia destrucción al daño recibido9ResponsabilidadPoner de nuestra parte sin cargar con toda la insatisfacción de la otra persona10ResponsabilidadNo hacer pagar a nuestro cuerpo por el daño causado por la otra persona11ResponsabilidadAmar a la otra persona sin retirarnos de nuestra propia vida12ResponsabilidadLa humildad dice toda la verdad sobre nosotros13ResponsabilidadDejar de suplicar sin eliminar las responsabilidades14ResponsabilidadLa palabra «tóxico» no debe borrar nuestra parte15ResponsabilidadNo supliquemos amor cuando aportamos luz16ResponsabilidadUna idea debe ponerse a prueba antes de guiar nuestra vida17ResponsabilidadUn principio debe servirnos, no encerrarnos18ResponsabilidadUna decisión se construye antes de asumirse19Vida personalCuando se apaga la esperanza en la pareja, nuestra vida no debe apagarse con ella20Vida personalNo lleguemos vacíos pidiendo a la otra persona que nos llene21Vida personalAmamos a una persona, pero también la vida que despierta en nosotros22Vida personalUna casa se incendió; no incendiemos las otras nueve23Vida personalLa gratitud vuelve a poner toda la vida en perspectiva24Vida personalVolver a invitar a la alegría antes de que regresen las ganas25Vida personalUna sonrisa puede ser la primera cuerda a la que aferrarse

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Capítulo 311 min de lectura · texto completo

Ya nos amamos, pero no siempre de la manera adecuada

Lo que cargamos revela a veces un intento de protegernos. Falta comprobar si esa protección nos hace realmente bien.

Voy a comenzar con una frase que puede parecer extraña:

Ya nos amamos a nosotros mismos.

Hablo aquí del amor que intentamos darnos a nosotros mismos. Incluso algunas malas decisiones tratan de protegernos, aliviarnos, devolvernos un lugar, conservar una ventaja o acercarnos a una felicidad que creemos amenazada.

Eso no significa que siempre nos tratemos bien.

Podemos amarnos con una lógica que nos hace daño. Podemos buscar nuestra felicidad con un método que aleja a las personas, los proyectos y los valores que contribuían a ella. Podemos defendernos de una manera que lastima nuestro propio orgullo. Podemos querer liberarnos de un dolor y, al mismo tiempo, construirle una casa más grande.

El problema no siempre es la ausencia de amor propio.

A veces lo que nos falta es una mejor manera de dárnoslo a nosotros mismos.

Un comportamiento no resume toda nuestra naturaleza

Cuando nuestra pareja nos llama egoístas, irascibles, irresponsables o infieles, podemos oír una condena mayor que la observación formulada.

Oímos:

«Eso es lo que eres».

Entonces defendemos a toda nuestra persona. Recordamos nuestras cualidades y los días en que fuimos generosos, tranquilos, fieles, presentes o responsables. Queremos demostrar que esa palabra es falsa en términos absolutos.

Sin embargo, nuestra pareja no siempre pretende conocer nuestra naturaleza profunda. A menudo habla de lo que recibe habitualmente de nosotros.

Un arrebato de ira no nos convierte en una persona irascible. Pero, si la ira se vuelve nuestra respuesta habitual, quienes viven con nosotros acabarán utilizando esa palabra para describir su experiencia.

Pensar en nosotros mismos no es egoísmo. Pero, cuando nuestras decisiones buscan continuamente nuestro beneficio y dejan el costo a la otra persona, la palabra se vuelve más difícil de cuestionar.

Un error no nos convierte en personas irresponsables. Pero, si decidimos sin mirar las consecuencias y luego pedimos siempre a los demás que paguen la factura, la etiqueta empieza a describir algo visible.

La etiqueta puede ser injusta. Nuestra pareja puede juzgar demasiado rápido o pasar por alto nuestros esfuerzos. Pero esa posibilidad no debe hacernos evitar la pregunta útil:

¿Qué comportamientos dieron lugar a esta palabra?

Nuestros hábitos pueden describirnos hoy. No definen todo lo que podemos llegar a ser.

Ya hemos cambiado hábitos. Algunos desaparecieron porque maduramos. Otros fueron sustituidos cuando sus consecuencias se volvieron demasiado pesadas.

No estamos condenados a seguir siendo la versión de nosotros que mostró nuestra última mala conducta.

Podemos hacerlo mejor.

No es un halago. Es la responsabilidad que acompaña a nuestro potencial.

Detrás de un mal método suele haber un bien buscado

Examinemos un estallido de ira.

Algo nos frustra o nos hace sentir que perdemos nuestro lugar. Levantamos la voz, interrumpimos y soltamos todo lo que conteníamos. Durante unos segundos, puede aliviarnos. La presión disminuye. Tenemos la impresión de habernos defendido o de haber obligado a la otra persona a medir nuestro sufrimiento.

La ira nos ofreció un beneficio.

Eso no significa que haya sido útil.

Observemos la venganza. Nuestra pareja nos hizo daño. Buscamos un gesto que le haga sentir algo comparable. Cuando esa persona por fin sufre, una parte de nosotros se calma. Tenemos la impresión de que se ha restablecido el equilibrio.

La venganza nos ofreció alivio.

Eso no significa que haya reparado la relación.

El egoísmo sigue a veces la misma lógica. Acumulamos exigencias, atención o ventajas porque cada satisfacción produce un pequeño placer. No nos decimos necesariamente: «Quiero destruir la felicidad de la otra persona». Más bien pensamos: «Necesito esto. Me lo merezco. Me hará bien».

Nuestra necesidad interior puede ser comprensible. Nuestro método puede ser destructivo.

Entender el bien que se busca no excusa el comportamiento. Nos muestra dónde construir otra solución.

Si grito para dejar de sentirme impotente, ¿cómo puedo recuperar una sensación de poder sin perder el control de mí mismo?

Si me vengo para obtener una forma de justicia, ¿qué consecuencia puede hacer visible la responsabilidad sin crear una nueva falta?

Si controlo porque temo perder, ¿qué preguntas, señales o límites me informarán mejor que la vigilancia?

Si pienso únicamente en mí porque durante mucho tiempo me olvidé de mí mismo, ¿cómo puedo recuperar mi lugar sin quitarle por completo el suyo a la otra persona?

No debemos limitarnos a eliminar una mala conducta. Debemos comprender la función que cumplía y aprender a satisfacerla de otra manera.

Un alivio todavía no es un regalo

No todo lo que se siente bien es necesariamente bueno para nosotros.

Una respuesta humillante puede halagar nuestro orgullo durante treinta segundos y dejarnos varios días de conflicto. El silencio usado como castigo puede darnos la impresión de controlar la situación y luego crear la distancia que nos hará sufrir. Un gasto irreflexivo puede producir un placer inmediato y arrebatarnos mañana la seguridad que queríamos construir.

El placer es real.

La factura también.

A veces confundimos el amor propio con satisfacer cada deseo. Quiero algo, me lo concedo, así que estoy cuidándome. No quiero esforzarme, me ahorro el esfuerzo, así que me respeto. Sufro y digo exactamente lo que se me pasa por la cabeza, así que soy fiel a mi emoción.

Pero el amor propio no se mide solo por la comodidad de la persona que somos durante cinco minutos.

También protege a la persona que seremos mañana.

Le deja paz, orgullo, relaciones, un cuerpo respetado, una palabra creíble y decisiones que podrá asumir.

Amarnos conscientemente significa aceptar una pregunta a veces incómoda:

¿Lo que me ofrezco ahora es realmente un regalo o solo una recompensa cuya factura llegará más tarde?

Una buena manera de amarnos puede exigir que renunciemos a un placer que nos cuesta demasiado. No rechaza nuestra necesidad; rechaza la idea de que el primer medio disponible sea automáticamente el mejor.

Tomar en serio nuestro dolor sin darle toda la casa

Después de una ruptura, un engaño, una humillación o una gran decepción, algunas personas dejan de cuidar su vida. Rechazan las actividades que amaban, se alejan de sus seres queridos y tratan cada sonrisa como una traición a su dolor.

Nuestra lógica interna puede decir:

«Después de lo que pasó, no puedo actuar como si todo estuviera bien».

La frase parece coherente. Pero ¿quién se beneficia realmente de ese abandono?

Tal vez nuestra pareja cometió una falta. A esa falta añadimos una vida que deja de recibir las demás formas de amor que aún están disponibles. Queremos demostrar que la pérdida fue grave y acabamos haciéndola mayor.

Reconocerlo no nos obliga a sonreír por orden. Podemos sentir tristeza y seguir nutriéndonos de lo que permanece vivo. Podemos sufrir una decepción y proteger un proyecto que no tiene responsabilidad alguna en ella. Podemos perder una fuente importante de amor sin cerrar voluntariamente todas las demás.

Nuestro sufrimiento merece un lugar.

No necesariamente merece toda la casa.

Ya no estamos solos en la ecuación

Una persona que vive sola puede organizar gran parte de su vida en torno a sus intereses, siempre que asuma las consecuencias.

En la pareja, nuestra felicidad entra en una construcción que contiene al menos otras dos: la de nuestra pareja y la que la propia relación hace posible.

Nuestra pareja también eligió esta relación por una razón. Busca afecto, paz, escucha, seguridad, intimidad, apoyo, consideración o una forma particular de construir su futuro. No entró en nuestra vida solo para contemplar nuestra búsqueda personal de la felicidad.

Podemos, por tanto, amarnos muchísimo y seguir siendo incapaces de construir juntos.

Amarnos no basta.

Sentir amor por nuestra pareja tampoco basta.

Hay que crear una relación en la que cada persona encuentre un valor real.

El amor propio se vuelve peligroso cuando convierte a la otra persona en una herramienta. Nuestra pareja debe tranquilizarnos, desearnos, servirnos, perdonarnos, escucharnos y respetar nuestros límites, mientras que sus propias expectativas se convierten en complicaciones.

Entonces llamamos autoprotección a lo que quizá se ha convertido en una organización de la pareja centrada en nosotros.

Darnos el amor adecuado exige proteger nuestro interés sin volver imposible el interés común. No debemos sacrificarnos hasta desaparecer. Tampoco debemos crecer a costa del espacio vital de la otra persona.

Nuestra manera de buscar la felicidad debe dejarle a esa persona una razón para seguir construyéndola con nosotros.

Dar mucho no siempre significa amar bien

Podemos amar sinceramente y hacerlo mal.

Una persona ofrece regalos porque es su manera natural de expresar afecto. El gesto puede ser apreciado, pero la principal carencia sigue siendo la escucha. Cuanto más crece la distancia, más regalos compra esa persona.

Esa persona da más.

La pareja no recibe necesariamente algo mejor.

Otra persona se muestra disponible a cualquier hora, resuelve cada dificultad y anticipa cada necesidad. Llama apoyo a esa conducta. Su pareja puede acabar viviéndola como vigilancia, deuda o impedimento para adquirir autonomía.

La intención es buena.

Aun así, hay que examinar la forma.

No debemos preguntarnos solo cuánto amor damos. Debemos observar a quién se lo damos, de qué forma, en qué cantidad, en qué momento y con qué resultados.

Una dosis inadecuada puede agotar.

Una forma inadecuada puede no ser reconocida.

Un mal momento puede transformar una muestra de atención en presión.

Y una persona que recibe mucho sin apreciar, proteger ni devolver jamás ningún valor puede convertir nuestro amor en un recurso que da por sentado.

La calidad del amor no se mide, por tanto, solo por su cantidad, su dulzura o la belleza de nuestra intención. También se mide por lo que produce para nosotros, para nuestra pareja y para la relación.

A veces hicimos lo que correspondía, pero no de una manera adaptada a esa persona. A veces actuamos bien y nuestra pareja no sabe o no quiere valorarlo. En ese caso, aumentar indefinidamente la cantidad de amor no nos dará necesariamente un veredicto favorable.

Amar mejor puede significar adaptar nuestra manera de amar.

También puede significar dejar de dar automáticamente lo que la otra persona nunca protege.

La prueba de reciprocidad revela los permisos especiales que nos concedemos

Una pregunta sencilla puede revelar ciertas formas dañinas de amor propio:

¿Seguiría considerando aceptable esta conducta si mi pareja la tuviera conmigo?

Cuando guardamos silencio, decimos que necesitamos tiempo. Cuando la otra persona calla, hablamos de desprecio.

Cuando levantamos la voz, explicamos que estábamos sufriendo. Cuando la otra persona se enoja, concluimos que es una mala persona.

Cuando pensamos en nuestras expectativas, hablamos de amor propio. Cuando nuestra pareja defiende las suyas, la llamamos egoísta.

Las situaciones no siempre son idénticas. Un silencio de unos minutos no equivale a un abandono de varias semanas. Un error aislado no tiene el mismo peso que un hábito. La reciprocidad no consiste en fingir que todo es equivalente.

Pero «no es lo mismo porque se trata de mí» no es un matiz. Es un permiso especial.

Ponernos en el lugar de la otra persona no nos obliga a darle la razón. Simplemente añade su experiencia al cálculo. Si nuestro método solo nos parece justo cuando nos beneficia, quizá no estemos ante un principio, sino ante un privilegio.

El amor propio saludable no le pide a la otra persona que soporte lo que declararíamos inaceptable si tuviéramos que sufrirlo nosotros mismos.

Busca una regla lo bastante coherente como para proteger dos dignidades.

El arrepentimiento debe corregir el método

A veces observamos una decisión pasada con la información que tenemos hoy e insultamos a la persona que éramos entonces.

«¿Cómo pude hacer eso?»

«Fui realmente estúpido».

«He arruinado mi vida».

Debemos reconocer los errores sin falsificar su contexto. En el momento de la elección, a menudo tratábamos de obtener algo bueno: preservar la relación, evitar la soledad, proteger una imagen, recuperar la paz, recibir amor o escapar del dolor.

Tal vez calculamos mal. Quizá ignoramos las consecuencias, concedimos nuestra confianza demasiado pronto o elegimos un método incapaz de producir el resultado esperado.

Pero el arrepentimiento no debe negar todo lo que nuestro antiguo yo estaba tratando, por torpemente que fuera, de proteger.

Podemos decir a ese antiguo yo:

«Querías hacerme bien. Todavía no sabías cómo hacerlo bien. Ahora que sé el costo, cambiaré mi método».

Esa frase no elimina ninguna responsabilidad. Transforma la experiencia en aprendizaje.

El arrepentimiento útil pone al día nuestra lógica.

El arrepentimiento inútil condena el pasado y deja el método sin cambios.

Dar a nuestro valor una forma de vivir

Mientras escribía este libro, yo mismo comprendí algunas cosas que creía conocer ya. Ciertas formas de protegerme no me protegían. Algunas maneras de amar agotaban. Algunas reacciones que me daban la razón no me daban una relación mejor.

No comparto esto porque haya llegado más lejos que los demás.

Lo comparto porque nuestra capacidad de entender más demuestra que los comportamientos de ayer no son el límite de lo que podemos ofrecer mañana.

Valemos más que ciertos hábitos a los que hemos dejado hablar en nuestro lugar.

Pero conocer nuestro valor no basta.

Hay que darle una forma de vivir.

Una persona excepcional que continuamente utiliza un método destructivo no crea una relación excepcional. Su potencial sigue siendo una promesa que su pareja aún no puede habitar.

Debemos, por tanto, mirar detrás de cada conducta:

¿Qué bien estoy buscando?

¿Qué recompensa inmediata alimenta este método?

¿Qué costo me impone después?

¿Qué recibe la persona con la que afirmo estar construyendo una relación?

¿Qué otra forma de amor podría proteger la misma necesidad con mejores consecuencias?

No necesitamos aprender a amarnos desde cero.

Debemos hacer que nuestro amor sea más consciente, más coherente y más útil.

Porque el amor propio no es simplemente la cantidad de atención que nos prestamos.

Es la calidad de la persona en la que esa atención nos ayuda a convertirnos.

Para profundizar

Preguntas que examinan la forma en que me amo a mí mismo

  1. ¿Qué bien busco detrás de este comportamiento?
  2. ¿Qué placer inmediato puede presentarme su factura más tarde?
  3. ¿Qué otro método podría satisfacer la misma necesidad?
  4. ¿Aceptaría esta conducta si mi pareja me la hiciera sufrir?
  5. ¿Qué produce mi manera de amarme para mí, para la otra persona y para nuestra relación?

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