Capítulo 4 : Los tres filtros de nuestras decisiones | Save Mon Couple
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Los tres filtros de nuestras decisiones

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Índice
1IntrospecciónCuestionarnos sirve para revisar nuestras decisiones, no para poner en duda nuestro valor2IntrospecciónEl peso de algo también depende de cuánto tiempo lo sostenemos3IntrospecciónYa nos amamos, pero no siempre de la manera adecuada4IntrospecciónLos tres filtros de nuestras decisiones5IntrospecciónEl valor en la relación se da, se recibe y se sostiene6ResponsabilidadLo que nos hacen y lo que hacemos después7ResponsabilidadEl problema comienza allí donde nos abandonamos8ResponsabilidadNo sumemos nuestra propia destrucción al daño recibido9ResponsabilidadPoner de nuestra parte sin cargar con toda la insatisfacción de la otra persona10ResponsabilidadNo hacer pagar a nuestro cuerpo por el daño causado por la otra persona11ResponsabilidadAmar a la otra persona sin retirarnos de nuestra propia vida12ResponsabilidadLa humildad dice toda la verdad sobre nosotros13ResponsabilidadDejar de suplicar sin eliminar las responsabilidades14ResponsabilidadLa palabra «tóxico» no debe borrar nuestra parte15ResponsabilidadNo supliquemos amor cuando aportamos luz16ResponsabilidadUna idea debe ponerse a prueba antes de guiar nuestra vida17ResponsabilidadUn principio debe servirnos, no encerrarnos18ResponsabilidadUna decisión se construye antes de asumirse19Vida personalCuando se apaga la esperanza en la pareja, nuestra vida no debe apagarse con ella20Vida personalNo lleguemos vacíos pidiendo a la otra persona que nos llene21Vida personalAmamos a una persona, pero también la vida que despierta en nosotros22Vida personalUna casa se incendió; no incendiemos las otras nueve23Vida personalLa gratitud vuelve a poner toda la vida en perspectiva24Vida personalVolver a invitar a la alegría antes de que regresen las ganas25Vida personalUna sonrisa puede ser la primera cuerda a la que aferrarse

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Los tres filtros de nuestras decisiones

Cambiar de método comienza por mirar lo que este construye antes de actuar.

Imagina que, antes de cada decisión importante, aparecen tres pantallas ante ti.

En la primera, te ves después de haber elegido. No sientes necesariamente alegría. Tal vez no hayas ganado nada espectacular. Pero estás en paz. Sabes que esa decisión era necesaria, que protegió algo importante o que evitó que te traicionaras.

En la segunda, te ves en paz. También sientes alegría y orgullo. Esa elección te permitió avanzar. Fortaleció tus convicciones, mejoró tu vida o preservó una relación importante. Casi das las gracias a la persona que eras cuando decidiste, porque pensó en la persona en la que ibas a convertirte.

En la tercera, te ves lleno de arrepentimiento. Descubres las heridas que tu decisión añadió a las que ya tenías. Algunas desaparecerán rápidamente. Otras echarán raíces y exigirán mucho tiempo, esfuerzo y valor para sanar. Entonces te preguntas por qué no viste lo que ahora parece tan evidente.

Si pudieras elegir directamente una de estas tres pantallas, ¿cuál escogerías?

Nadie elegiría voluntariamente la tercera. Sin embargo, a menudo la elegimos de otra manera: no porque deseemos sufrir, sino porque, en el momento de decidir, nos negamos a mirar.

Apagamos el sonido. Miramos hacia otro lado. Dejamos que la ira, el miedo, el orgullo o la obsesión llenen todo el espacio. Las pantallas siguen ahí, pero ya no queremos saber qué intentan mostrarnos.

Una decisión nunca llega sola

Creemos elegir unas palabras, un silencio, un perdón, una separación, una venganza o una nueva oportunidad. Pero ninguna elección llega sola: viene acompañada de un conjunto de consecuencias.

No estamos simplemente eligiendo responder a un mensaje hiriente. También estamos eligiendo lo que nuestra respuesta puede añadir al conflicto.

No estamos simplemente eligiendo creer una nueva promesa. También estamos eligiendo el tiempo, la esperanza y la confianza que invertiremos una vez más.

No elegimos solamente quedarnos. También elegimos, en la medida en que podemos conocerlas, las condiciones en las que seguiremos viviendo.

No elegimos solamente irnos. También elegimos una pérdida, una conmoción, una posible libertad, una reconstrucción y todo lo que esa decisión exigirá después.

Una elección es un paquete completo. No podemos tomar su beneficio y dejar su factura sobre la mesa.

Sin embargo, eso es a veces lo que intentamos hacer. Queremos decir las palabras que nos traerán alivio sin aceptar la distancia que crearán. Queremos mantener a alguien sin mirar lo que nos cuesta su presencia. Queremos venganza sin convertirnos en alguien que elija causar dolor. Queremos quedarnos sin sufrir, irnos sin pérdida y decidir sin renunciar a nada.

Pero elegir implica necesariamente cerrar algunas posibilidades para hacer realidad otras.

Cuando la emoción apaga las pantallas

La ira, por lo general, solo nos muestra un beneficio: el placer de responder, restablecer nuestra verdad o no dejar que la otra persona gane.

El miedo nos muestra solo una necesidad urgente: no perder.

El orgullo solo nos plantea una pregunta: ¿quién tiene razón?

La obsesión solo nos presenta un objetivo: conseguir lo que queremos, incluso cuando aquello que queremos ya no nos quiere.

Estas emociones no son inútiles. Señalan una herida, un peligro, un vínculo o un valor amenazado. Pero se vuelven peligrosas cuando obtienen por sí solas el derecho a decidir.

Tener razón no nos protege de las consecuencias de nuestra respuesta. Podemos tener razón respecto a la falta de la otra persona y equivocarnos en la forma de construir lo que viene después. Podemos ganar una discusión y perder parte de la confianza. Podemos obtener disculpas sin conseguir un cambio. Podemos conservar la relación mientras perdemos poco a poco nuestra paz.

La verdadera pregunta no es solamente: «¿Tengo razón?»

También es: «¿Qué construyo con esa razón?»

La falta de la otra persona y nuestra responsabilidad por lo que sigue

Mirar nuestras pantallas no significa asumir la falta de la otra persona.

Si nuestra pareja nos traiciona, la traición le pertenece. Si esa persona nos humilla, las palabras pronunciadas siguen siendo responsabilidad suya. Si miente, golpea, desprecia o vulnera un compromiso claramente acordado, nuestra introspección no convierte su acto en una falta compartida.

Pero otra parte de nuestra historia comienza después del acto de la otra persona.

¿Qué hacemos con lo que ahora sabemos? ¿Qué lugar seguimos dando a esa persona? ¿Qué accesos mantenemos? ¿Qué límites hacemos reales? ¿Qué queremos comprobar antes de volver a creer? ¿Qué futuro construimos a partir de esta verdad?

La responsabilidad no le dice a la persona herida: «Tú provocaste lo que te ocurrió».

Le dice: «Lo que te ocurrió no debe convertirse en el único autor de tu futuro».

Esta distinción es esencial. Sin ella, la responsabilidad se convierte en una acusación más. Con ella, vuelve a convertirse en poder.

No siempre elegimos el primer dolor. Tampoco controlamos la voluntad, el amor o las decisiones internas de nuestra pareja. Pero podemos recuperar poco a poco una parte del poder sobre nuestras respuestas y sobre la vida que todavía queremos hacer posible.

La responsabilidad no niega lo que la otra persona nos hizo. Se niega a entregarle también la autoría de todo lo que vendrá después.

El silencio también puede tener una pantalla

Imaginemos una discusión.

Nuestra pareja acaba de pronunciar unas palabras injustas. Sentimos que la respuesta sube dentro de nosotros. Sabemos exactamente dónde golpear. Conocemos una debilidad, un antiguo pesar, un secreto que nos confió o la frase que le hará sufrir tanto como sufrimos nosotros.

En una pantalla, respondemos. Durante unos segundos sentimos el alivio de haber devuelto el golpe. Después, la discusión se agranda. El asunto inicial desaparece. Dos heridas nuevas exigen ahora una reparación.

En otra pantalla, guardamos silencio por un momento. No porque la otra persona tenga razón. No porque el problema sea insignificante. Simplemente dejamos de participar en la escalada. Volveremos al fondo del asunto cuando podamos hablar sin convertir nuestro dolor en un arma.

Ese silencio no lo resuelve todo. Utilizado como castigo, puede convertirse en otra forma de violencia en la relación. Elegido como una pausa y seguido de un regreso sincero al problema, puede preservar la posibilidad de comprender y actuar.

La pregunta no es: «¿Debo responder siempre o callarme siempre?»

Es: «¿Qué respuesta ofrece la mejor posibilidad de abordar de verdad este problema?»

Quedarse e irse tienen varias pantallas

A veces buscamos una decisión que no haga sufrir a nadie. No siempre existe.

Irse puede causar dolor y, al mismo tiempo, proteger el futuro. Quedarse puede exigir esfuerzos y permitir una reconstrucción. A la inversa, irse puede ser una huida que traslada el mismo mecanismo a la relación siguiente, y quedarse puede prolongar una esperanza que ya no sostiene ningún hecho.

Ninguna palabra —quedarse, irse, perdonar, esperar— contiene automáticamente la respuesta correcta.

Son la historia, los actos, los esfuerzos, la reciprocidad, la gravedad, la repetición y la trayectoria los que dan valor a esas palabras.

Si elegimos quedarnos, observemos qué permite construir todavía esa decisión. ¿Existen pruebas de cambio? ¿Se reconoce la responsabilidad? ¿Las palabras producen actos? ¿La relación aún contiene suficiente valor para orientar el esfuerzo?

Si decidimos irnos, observemos qué tratamos de proteger, qué debemos aceptar perder y qué queremos aprender para no reconstruir en otro lugar el mismo sufrimiento con otro rostro.

Las tres pantallas no deciden por nosotros. Solo nos impiden formular una decisión cuya realidad completa nos negamos a mirar.

Nuestra paz no es la única pantalla de la relación

Una decisión estrictamente personal a veces puede ser correcta porque restaura nuestra paz. Una decisión relacional rara vez se refiere a una sola persona.

En la pareja deben entrar en escena tres realidades: lo que la elección producirá para nosotros, lo que producirá para nuestra pareja y lo que producirá para la relación que decimos construir juntos.

Una decisión puede aliviarnos y, al mismo tiempo, destruir innecesariamente algo en la otra persona. Puede complacer a nuestra pareja mientras nos vacía poco a poco. Puede satisfacer a ambos de inmediato y, a la vez, debilitar el proyecto común.

Sacrificarnos constantemente por la paz de la otra persona no es una prueba superior de amor. Decidir únicamente en función de nuestra propia paz tampoco es una prueba de responsabilidad. Cuidar una relación exige tener en cuenta a las dos personas y ese tercer espacio que construyen juntas.

La elección más responsable no siempre es la que hace felices a todos de inmediato. Busca la mejor dirección posible teniendo en cuenta sus costos y lo que protege.

A veces esa decisión será un sí. A veces será un no. A veces dará una nueva oportunidad. A veces retirará un acceso que las palabras, por sí solas, no supieron proteger.

Las pantallas no predicen el futuro

Nunca podemos ver todo.

Podemos tomar una decisión seria y, aun así, ser engañados. Podemos examinar los hechos disponibles y descubrir más tarde una información que desconocíamos. Podemos actuar con una intención sincera y obtener un resultado distinto del que esperábamos. La libertad de la otra persona, los accidentes y los imprevistos seguirán existiendo.

Consultar las tres pantallas no consiste, por tanto, en convertirnos en profetas. Consiste en observar la dirección probable de una elección a partir de lo que ya sabemos.

¿Qué historia se repite?

¿Qué promesas fueron seguidas de actos?

¿Qué emoción está tratando de decidir por nosotros?

¿Qué problema queremos resolver realmente?

¿Quién recibirá los beneficios y quién pagará el precio?

¿Qué transmitimos a la persona que seremos mañana?

Una buena decisión no garantiza un futuro sin dolor. Mira lo bastante lejos como para no fingir después que todas sus consecuencias previsibles eran invisibles.

Para profundizar

El regalo que le doy a mi futuro

  1. ¿Qué alivio inmediato me promete mi elección?
  2. ¿Qué costo podría imponer ese alivio a mi paz y a mi relación?
  3. Al repetir esta decisión, ¿qué hábito ofrezco a mi futuro?
  4. ¿Qué opción, menos agradable hoy, protegería mejor lo que amo?
  5. ¿Seguiré respetando esta decisión cuando la emoción haya pasado?

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