Amar a la otra persona sin retirarnos de nuestra propia vida
En una relación, nuestra pareja no es la única persona a la que debemos amar.
Nosotros también estamos aquí.
Podemos dedicarle tiempo, atención y ternura. Podemos cuidar de su cuerpo, sus proyectos y su paz. Podemos atravesar etapas en las que sus necesidades ocupen más espacio que las nuestras.
Pero si todo el amor circula siempre en una sola dirección, una persona acaba protegida mientras la otra desaparece de su propio cuidado.
Amar no exige que nos borremos de la lista de personas cuya vida importa.
La pareja se fortalece cuando cada uno puede decir:
«Cuidaré de ti. También te pediré que cuides de mí. Y seguiré siendo responsable de la vida que está en mis propias manos».
Formamos parte de lo que la pareja debe proteger
Cuando pensamos en nuestra responsabilidad en la relación, solemos fijarnos en lo que debemos a nuestra pareja: respetarla, escucharla, ayudarla, favorecer que se desarrolle y corregir aquello de nuestro comportamiento que daña su vida.
Esas responsabilidades son reales.
Pero la pareja está formada por dos personas. Proteger la relación significa, por tanto, proteger también a la persona que somos.
Nuestro sueño, nuestra salud, nuestra dignidad, nuestras emociones, nuestros proyectos, nuestros vínculos, nuestra seguridad y nuestra capacidad de sentir alegría importan. No debemos convertirnos en la excepción permanente a los principios de cuidado que aplicamos a la otra persona.
Si consideramos importante que descanse, ¿por qué nuestro cansancio tendría que ser siempre negociable? Si sus ambiciones merecen espacio, ¿por qué las nuestras serían una amenaza? Si le animamos a decir lo que le duele, ¿por qué nuestro dolor tendría que callarse para demostrar que sabemos amar?
La responsabilidad no nos pide elegir constantemente entre la otra persona y nosotros. Pide una forma de amar en la que ninguno de los dos sea tratado sistemáticamente como sacrificable.
Amarnos no significa no necesitar a nadie
Algunas frases presentan el amor propio como una independencia absoluta: «Me basto a mí mismo» o «Mi felicidad depende únicamente de mí».
Pueden ayudarnos a recuperar fuerzas después de una dependencia. Tomadas al pie de la letra, describen mal la vida en pareja.
Amar nos hace sensibles a la presencia, la mirada y las decisiones de la otra persona. Su afecto puede elevarnos. Su indiferencia puede afectarnos. Su fidelidad contribuye a nuestra seguridad.
Por tanto, el amor propio no vuelve inútil a la pareja. Simplemente se niega a concederle todo el poder de administrar nuestro valor, nuestra alegría y nuestras ganas de vivir.
Podemos necesitar a la otra persona sin confiarle todas nuestras necesidades. Podemos recibir profundamente sin volvernos incapaces de sostenernos cuando se cansa, se equivoca o no sabe responder.
La madurez no elimina la necesidad. Impide que una necesidad se adueñe de toda nuestra vida.
Un vacío puede crear un contrato oculto
Podemos entrar en una relación con una herida antigua, una soledad o la necesidad de que por fin nos elijan. Eso no nos vuelve incapaces de amar. No es necesario estar completamente reparados antes de conocer a alguien.
Pero debemos distinguir entre llegar con una herida y decidir en silencio que la otra persona tendrá que cerrarla por nosotros.
El contrato oculto se parece a esto:
«Voy a amarte mucho. A cambio, tendrás que hacerme sentir que soy suficiente, calmar todos mis miedos y renovar cada día mi certeza de ser digno de amor».
La pareja descubre entonces que ninguna dosis basta durante mucho tiempo. Un mensaje tranquiliza hasta el siguiente silencio. Una prueba de amor alivia, pero pronto hace falta otra. La otra persona deja de ser solamente una pareja: se convierte en proveedora de una identidad que ya no sabemos sostener.
Comenzar heridos no nos obliga a reconstruirnos solos. Pero cada uno debe poder participar en su reconstrucción: reconocer lo que le ocurre, nombrar sus necesidades, buscar lo que le ayuda y probar respuestas nuevas.
Podemos decir: «Necesito tu apoyo».
También debemos preguntarnos: «¿Qué puedo hacer con lo que estoy atravesando?».
La reciprocidad no es un comercio
A veces idealizamos un amor que no buscaría nada. Sin embargo, procuramos agradar para acercarnos, tranquilizar o construir un recuerdo. La alegría de la otra persona nos importa; reconocer este efecto no convierte el amor en comercio.
Todo gesto de amor tiene una razón o un efecto esperado. Eso no lo vuelve egoísta.
El interés se vuelve destructivo cuando la otra persona sirve sobre todo como instrumento para nuestro beneficio. Se convierte en una factura oculta cuando damos para obtener una devolución precisa que nunca anunciamos.
Podemos amar sin facturar cada gesto, pero pedir reciprocidad no convierte el amor en comercio. La pareja crea compromisos, y esos compromisos generan expectativas legítimas para ambas personas.
Hay una diferencia entre pedir una parte y exigir una copia.
Pedir una parte es decir: «Nuestra relación necesita que cada uno contribuya a su vida».
Exigir una copia es decir: «Como yo hice este gesto, tú debes reproducir exactamente el mismo, en el momento elegido y con la emoción esperada».
Una persona puede proteger mediante su organización y la otra mediante su escucha. Los gestos no tienen que parecerse. Sin embargo, cada uno debe recibir pruebas de que su felicidad no descansa únicamente sobre su propia contribución.
Las responsabilidades no garantizan los sentimientos
El compromiso nos permite pedir comportamientos coherentes con la relación: respeto, escucha, verdad, presencia o un esfuerzo concreto.
Pero ningún compromiso nos hace propietarios de los sentimientos futuros de la otra persona. No podemos ordenar la intensidad de su deseo ni garantizar que nunca atraviese una duda.
Este límite no vuelve inútil la promesa. Precisa lo que una persona puede gobernar realmente: su palabra, sus decisiones, su manera de tratar a la otra, su voluntad de trabajar aquello que se debilita y su honestidad ante lo que ya no consigue dar.
Como la otra persona no puede garantizar para siempre nuestra seguridad interior, nuestro amor propio sigue siendo indispensable. Representa la parte de nuestra protección que no puede delegarse por completo, ni siquiera en alguien sinceramente comprometido.
Hacer nuestra parte no significa cargar con la de los dos
Podemos escuchar, perdonar, anticipar, tranquilizar y reparar. Después, cuando la otra persona sigue sin responder, podemos buscar una vez más qué podríamos mejorar.
Esta exigencia hacia nosotros mismos puede ser noble. También puede convertirse en una manera de no mirar nunca la ausencia de la otra persona.
Podemos trabajar en nuestra manera de amar. No podemos crear su voluntad interior. Podemos abrir una conversación. No podemos aportar sus respuestas y las nuestras.
Cuando cumplimos constantemente las dos partes, podemos ocultar el hecho de que la relación funciona gracias a una sola persona.
Hacer nuestra parte exige, sin embargo, verificar en vez de declararnos irreprochables. ¿Qué nos reprocha concretamente nuestra pareja? ¿Son visibles nuestras correcciones? ¿Qué efectos producen nuestros actos?
Esta verificación no concede a la otra persona el poder de decidir por sí sola nuestro valor. Algunas expectativas son cambiantes, injustas o destructivas. Hacer nuestra parte incluye, por tanto, la capacidad de decir que no.
La parte que nos corresponde en la relación no es obediencia ni autoproclamación. Se comprueba ante la otra persona, ante uno mismo y ante las consecuencias producidas en la vida compartida.
Nuestras fuentes personales pueden nutrir la relación
Una relación puede volverse tan central que todo lo demás parezca secundario. Abandonamos amistades, una actividad, un proyecto, una práctica espiritual, una forma de cuidar nuestro cuerpo o el tiempo de soledad que nos ayudaba a respirar.
Construir entre dos exige adaptaciones. Pero eliminarlo todo no demuestra que amemos más.
Una actividad creativa puede hacernos sentir más vivos. El movimiento protege nuestra energía. El descanso reduce nuestra irritabilidad. Un proyecto personal alimenta un orgullo que no depende por completo de la mirada de la pareja. Una amistad fiable ayuda a tomar distancia.
Cada fuente debe juzgarse por lo que produce. Una familia puede apoyarnos o gobernar nuestras decisiones. Una amistad puede equilibrarnos o alimentar el desprecio hacia la pareja. Un trabajo puede darnos dignidad o absorber toda nuestra presencia.
Conservar estas fuentes no les concede automáticamente prioridad. Mantiene una vida interior lo bastante nutrida como para no pedir a una sola persona que se convierta en todo nuestro mundo.
Una asimetría puede ser amorosa sin volverse permanente
Dos personas no siempre dan la misma cantidad en el mismo momento. Cuando una está enferma, de duelo, agotada o afronta una responsabilidad excepcional, la otra puede cargar con más.
Esta asimetría no es necesariamente injusta. Su significado depende de su causa, su duración, el reconocimiento recibido y su trayectoria.
Una persona temporalmente limitada todavía puede agradecer, informar, cooperar y utilizar los recursos de los que dispone. El problema aparece cuando el periodo excepcional se convierte en la organización definitiva de la relación y toda petición de reequilibrio se recibe como un abandono.
Podemos cargar con más sin prometer cargar siempre.
Quien se ha vaciado no retira necesariamente su amor cuando por fin protege su tiempo, su cuerpo o sus proyectos. A veces intenta recuperar la capacidad de amar.
Volver a nosotros sin abandonar la relación
No necesitamos esperar una separación para recuperar nuestras propias fuentes.
Volver a nosotros no significa apartarnos de la pareja. Puede empezar por dormir lo suficiente, retomar una actividad, llamar a una persona de confianza, dedicar tiempo a un proyecto o dejar de hablar de nosotros únicamente con las palabras de sus reproches y sus elogios.
Miremos también lo que hemos pedido a la otra persona que cargue: nuestra confianza, nuestra alegría, nuestra motivación, nuestra imagen o nuestra capacidad de decidir. Para cada ámbito, busquemos una contribución personal.
No para excluir a la pareja, sino para dejar de pedirle que sea la única persona presente dentro de nuestra vida.
No volvemos a nosotros para amar menos. Volvemos a nosotros para dejar de amar desde un lugar que se vacía más deprisa de lo que sabe nutrirse.
Para profundizar
¿Sigo estando presente en el amor que doy?
- ¿Qué necesidad he confiado por completo a mi pareja?
- ¿Qué parte de mi vida he apartado para preservar la relación?
- ¿Sigue respondiendo nuestro desequilibrio a una dificultad temporal?
- ¿Qué fuente personal puede nutrir también nuestra relación?
- ¿Qué gesto me hará volver a mí sin alejarme de la otra persona?
